Tras
unos meses desde que cumplí el sueño de cualquier amante del mundo
automóvil, creo que es el momento de compartir con vosotros la
experiencia más bonita que he vivido desde que tuve la suerte de
formar parte de la familia de 'Autopista.es' y de hacer del periodismo
de motor una forma y un estilo de vida. Aún se me ponen los pelos de
punta cada vez que recuerdo que conduje el Ferrari 458 Speciale en
Maranello.
Ya
compartí tanto en la web como en la revista en las que escribo
aquella magnífica prueba que hice de esta edición tan especial del
458, un 'Cavallino' con una estética muy peculiar y con un motor V8
de 605 CV, el 'ocho cilindros' más potente creado en toda la
historia de la marca italiana. Pero de eso ya hablé, por lo que me
voy a centrar en lo puramente emocional y en extraer lo que siente
alguien al volante de este coche.
El
25 de noviembre de 2013 fue uno de esos días que nunca se olvidan y
en los que los problemas que tiene uno pasan a un segundo plano. El
año pasado fue duro, pero también me dio la oportunidad de aprender
a base de golpes que muchas veces pensé que me tirarían del tablero
de juego. Mi vida cambió cuando una presentación de los neumáticos
Michelin Pilot Sport Cup 2 -los que lleva este modelo- me llevó
al volante de este increíble coche por 'pura casualidad'. Y es que
nadie podía pensar que nos dejarían conducir este superdeportivo
tan exclusivo -en Ferrari son mucho menos accesibles que en la
mayoría de las marcas-, pero cuando el autobús de prensa pasó por
la zona de seguridad del circuito de Fiorano -propiedad de la marca
italiana- el corazón se me encogió y supe que ese podría ser el
día de cumplir un sueño desde niño. Durante la rueda de prensa no
podía dejar de mirar el coche, aquella obra de arte era lo más
bonito con cuatro ruedas que había visto en años. Es un espectáculo
para los sentidos y, por supuesto, quería subir a aquella bestia y
estrujar a fondo el pie del acelerador. Casi se me sale el corazón
del pecho cuando uno de los representantes de comunicación de
Ferrari preguntó en más tono de broma que otra cosa: '¿alquien
quiere probar el coche?'. '¿Estás de coña? Creo que no he deseado
nada tanto en mi vida', eso es lo que contesté, con la mente, por
supuesto. En el trabajo hay que mantener las formas y la educación.
Y
allí me vi, delante de aquella preciosa obra de ingeniería
italiana, con el corazón en un puño porque ya se me había salido
del pecho y a punto de ocupar el preciado asiento de conductor, el
que te hace tomar el mando y en el que tú decides. Minutos antes
había subido como copiloto con Raffaele de Simone -piloto de pruebas
de Ferrari-, rodando a gran velocidad por el trazado e indicándome
en cada zona la mejor manera de trazar cada curva y la marcha ideal
para no perder ritmo y salir lo más rápido posible. Las sensaciones
eran de pura confianza, aunque ya había visto a otro periodista
'meter la pata' en la primera curva tras la recta principal, enviando
al 'Cavallino' a la gravilla y dejando el coche ligeramente dañado.
Por suerte, contaban con varias unidades y en 15 minutos la grúa ya
había sacado al accidentado 'Speciale' del circuito. También me
condicionó el hecho de que se puso en mi conocimiento que en Ferrari
estaban preocupados porque un chaval nervioso de 25 años se pusiera
al mando de su superdeportivo, que en el caso más 'económico' sale
por algo más de 273.000 euros. Tengo que reconocer que en su momento
me sentí algo molesto, pero sinceramente yo habría pensando lo
mismo y me habría asegurado de que ningún 'loco sin experiencia'
condujera semejante aparato capaz de acelerar de 0 a 100 en tres
segundos. Además, por qué iba a molestarme que me trataran como a
un niño, si, a fin de cuentas, es lo que me siento y aún tengo
mucho que aprender.
Subí
nervioso al 458 Speciale con Jerome Haslin -piloto de prueba de
Michelin- como compañero de viaje en Fiorano, coloqué el asiento,
me abroché los arneses, arranqué el motor y aquello sonaba a la
mejor de las sinfonías. Me quedé unos segundos pensando,
disfrutando de aquella maravillosa sensación, engrané la primera
marcha y salí disparado hacia la entrada del trazado. Ya nada me
preocupaba en la vida, salvo mantener a aquella fiera en el asfalto.
Rugía como el animal más salvaje y las marchas entraban una detrás
de otra con un sonido que me recordaba al de los mismísimos Fórmula
1. De hecho, incorpora una caja de cambios automática de doble
embrague Getrag F1. Sin tiempo para alcanzar una exagerada velocidad,
encaré la primera curva, muy larga y tramposa -en la que se salió
de pista el periodista mencionado antes-. Tras unos pocos virajes, me
dí cuenta de lo divertido de conducir que era el coche, muy
respetuoso en el modo 'Race', aunque me habría gustado 'pasarlo algo
peor' desactivando las ayudas electrónicas totalmente, cosa que ni
solicité porque ya dijeron que 'ni de broma' correrían ese riesgo.
Del trazado, me quedo con el cambio de rasante que hay al final del
puente que queda por encima de la recta principal, con un giro a
derechas en bajada que levanta todas las 'mariposas del estómago',
pero, sobretodo, me sentí en el cielo cuando en la larga recta de
meta observé la aguja del cuentakilómetros a punto de tocar los 300
km/h. Aparté la mirada rápidamente para poner mis ojos en la
siguiente curva, ya que el coche se iba comiendo cada metro del
asfalto rápido y majestuosamente. En las dos últimas vueltas -sólo
nos dejaban dar tres- me lo 'pasé pipa', atreviéndome a buscar mis
límites y 'perdiendo el control' de la zaga en varias ocasiones, lo
que me permitió derrapar ligeramente y comprobar como el
'Speciale' preparaba mis órdenes de salida de la curva sin
problemas. En algún momento miré de reojo a Haslim, por si me
estaba excediendo en la conducción, pero al ver que sonreía tras un
'coletazo' del coche, me limité a seguir disfrutando de esta,
posiblemente irrepetible, aventura.
Al
bajar del coche, tuve que volver a poner los pies en la tierra, pero
en la del templo de Fiorano. El sueño había terminado. En unas
horas volvería a Madrid, pero mi corazón sigue subiendo de
revoluciones cuando veo las fotos y siempre que recuerdo aquel viaje a Italia que me marcó para siempre y en el que pude probar el Ferrari 458 Speciale.
Para terminar, me quedo con esta frase que leí hace un tiempo:



